Leadville 100

¡He vuelto!

Espero que me perdonéis por estas semanas que he pasado alejada del blog. Me casé el pasado 24 de julio y después he estado de viaje de novios en EEUU, por lo que no he tenido mucho tiempo de pararme a escribir nada!

Ahora sí, me toca poneros al día con la que ha sido la última etapa de mi viaje de novios (y el mayor reto deportivo que he asumido hasta el momento): la Leadville 100.

El día 16 de agosto, tras tres semanas viajando por Estados Unidos, llegábamos Lucas y yo a Leadville, un pueblecito minero de Colorado situado a unas dos horas de Denver y con una altitud de 3100 metros. El objetivo: cumplir mi sueño de correr la Leadville 100 el día 22 de agosto, justo un día después de mi cumpleaños.

La Leadville 100 es la carrera de 100 millas (160kms) a mayor altitud de los EEUU. Se corre el 99% de la carrera por encima de los 3000 metros, subiendo en dos ocasiones a 3800m. La carrera se fundó en 1983 y en estos más de 30 años ha ganado gran renombre por su dureza (habitualmente cuenta con más de un 50% de abandonos entre sus participantes), ya que añade unos tiempos de corte muy exigentes a lo ya de por sí exigente de su perfil y su altitud. Si habéis leído el libro de Scott Jurek o Nacidos para correr, os sonará seguro.

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Total. Que cuando llegamos allí el día 16, no podía estar más asustada. Aunque había seguido entrenando durante las semanas previas (aprovechando el viaje de novios habíamos entrenado carrera pero también bici y habíamos hecho mucho senderismo), lo cierto es que una vez allí me entraron los mil temores, ya que sentía bastante dolor de cabeza por el cambio de altitud y notaba que me fatigaba con facilidad al subir escaleras. Al salir a correr a la mañana siguiente, pensé que me iba a dar algo: los primeros 20 minutos sentía que no me entraba suficiente aire, que no podía correr a mi ritmo habitual. Poco a poco fueron mejorando las sensaciones y acabé de correr un poco más animada. Lucas, que iba a hacerme de liebre en la carrera desde el km. 120, también andaba un poco asustado pero también consiguió acabar el entreno sintiéndose mejor.

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Fue pasando la semana mientras hacíamos preparativos, sobre todo de cara al papel de Lucas como crew (equipo de apoyo): compramos una silla plegable para las esperas de Lucas, una neverita para los isotónicos, organizamos todo lo que tenía que tomar en cada avituallamiento, siguiendo la lista que me había preparado Carmen de Pronaf, repasamos el recorrido que tenía que hacer él para encontrar los diferentes puntos habilitados para las crew…

Entre el miércoles y jueves la pequeña ciudad se fue llenando de corredores y pronto pudimos ver con nuestros propios ojos lo especial que es el mundo de los ultramaratones en EEUU. Nos llamó la atención muchísimos corredores de edad avanzada, muy avanzanda, muchos de ellos con hebillas que indicaban que habían completado en numerosas ocasiones la carrera. También había barbudos con sus sandalias estilo tarahumara, con un rollo muy similar al de Kupricka, y muchísimas chicas de todas las edades, muchas más que en ningún ultra que haya corrido. En total, nos dijeron el día de la charla informativa, seríamos 650 los corredores en afrontar los 160kms del recorrido el día 22.

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Pasé el día de mi cumple bastante nerviosa. Nada más comer, nos fuimos a echar la siesta aunque tampoco conseguimos dormir mucho. Después, los últimos preparativos, y otra vez a intentar dormir. A las 2:00 de la mañana sonaba el despertador y nos poníamos en marcha. El desayuno me entró a medias: había cargado bien de hidratos los días anteriores y me sentía muy llena.

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A las 3:30, tras dejar en el coche que iba a llevar Lucas los isotónicos, fui a la zona de salida ataviada con mi frontal. Hacía bastante rasca, la verdad, unos 5 grados. Sonó el himno y tras la cuenta atrás y el pistoletazo de salida (¡¡que dieron con un rifle!!) y comenzamos a correr. Los primeros kilómetros, cuesta abajo, fueron saliendo con facilidad. Mi objetivo era no fatigarme e intentar llegar a la mitad de la carrera bastante entera. Corrí durante 21,7 kms hasta llegar al primer avituallamiento, May Queen. Hasta ese punto, la carrera discurrió primero por pista y luego por un sendero estrecho con bastantes piedras y raíces que te obligaban a fijar bien la atención, rodeando el Turquoise Lake. Según llegaba al avituallamiento empezó a amanecer y pude ver la belleza del lago Turquesa con las primeras luces del día. Lucas me estaba esperando (congelado de frío el pobre) y me dió más isotónico y otra bolsa de golosinas energéticas.

A mi paso por los avituallamientos, siempre oía lo mismo “Big smile!!” o “Way to go girl, keep smiling!!”. Había tantísima gente pese a lo temprano que era… ¡increíble! Continué corriendo, esta vez camino de Outward Bound, el segundo punto de avituallamiento, en el km. 38,6. En esta sección se sube hasta el Sugarloaf Pass y fui bastante tranquila, intentando no fatigarme para evitar sentir con más fuerza la altitud. La bajada, técnica pero divertida, acababa en una carretera que había de conducirnos hasta el avituallamiento. Como veis el terreno era de lo más variado, desde asfalto a bajadas técnicas, pedreras, pistas… La alimentación me estaba yendo muy bien: Carmen, de Pronaf, me había explicado la cantidad de hidratos de carbono que tenía que ingerir cada hora, por lo que me aseguraba de cumplirlo, y también de mantenerme hidratada. No tuve ni una sola molestia estomacal en toda la carrera.

Nos encontramos Lucas y yo en Outward Bound, de nuevo en el siguiente punto, “Alternate Crew”. Yo seguía bien. Me había puesto ya la música, para pasar mejor el tiempo, y me sentía mejor que al inicio de la carrera. En los próximos dos avituallamientos no había acceso de equipo de apoyo, por lo que había preparado unas bolsas con las barritas y gominolas, aunque la verdad es que era increíble simplemente ver todo lo que había en los avituallamientos, desde M&M’s hasta cookies, sándwiches de mantequilla de cacahuete…

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Llegué a Twin Lakes por fin tras 8 horas y 10 de carrera. Y digo por fin, porque es en Twin Lakes donde realmente empieza la carrera. Hasta ese momento, el recorrido es más o menos llevadero (con la excepción de Sugarloaf Pass, que se hace pesado), pero a partir de Twin Lakes empieza lo verdaderamente duro. Tras cruzar el río (lo cual implica que correrás un buen rato con zapatillas y calcetines mojados) tienes que afrontar la subida a Hope Pass: 1000 metros de desnivel en menos de 8 kms. A continuación tienes que bajar, por un sendero muy vertical, a Winfield (milla 50). Y una vez allí, tras el avituallamiento, darte la vuelta y deshacer tus pasos durante 80 kms.

Aproveché el avituallamiento de Twin Lakes para cambiar mis zapatillas (había llevado las Leadville de New Balance hasta ese momento) por las Bushido de La Sportiva, sabiendo que la subida y bajada era más técnica.

Reconozco que la primera subida se me hizo bastante dura, pero recordaba una y otra vez las palabras de Lucas (“no te fatigues, no te fatigues”) y mantuve un ritmo suave que me permitió alcanzar Hope Pass sin sentir demasiado agotamiento. Arriba casi muero de amor… ¡¡¡estaba lleno de llamas!! Sí! Es un lugar tan inaccesible que la única forma que tienen de llevar el avituallamiento es con llamas!

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La bajada comenzó bien, me estaba divirtiendo, tenía alguna parte técnica pero en general me sentía bien por poder correr cuesta abajo. Y entonces: BUM. No sé qué me pasó, pero fue como si me golpearan el ánimo con un ladrillo. Yo, que hasta ese momento había ido animada, empecé a sentir cómo me hundía más y más. Las piernas iban, sí, pero mi mente me decía que no, que parara, que era imposible. Pensaba en todo lo recorrido hasta el momento y me venía abajo.

Creo que fue el hecho de que el circuito sea de ida y vuelta, lo que hace que sepas todo lo que te espera, lo que me golpeó con tanta fuerza y me hizo dudar totalmente de mis posibilidades. Llegué a Winfield en 12 horas y 30, una hora y media antes del corte. Teóricamente tenía 17 horas y 30 para regresar pero mi cabeza me decía que no iba a poder, que abandonara. Además, desde que había pasado Hope Pass no tenía cobertura y no podía avisar a Lucas de que lo estaba pasando regular. Salí de Winfield con el alma por los suelos, dando mil vueltas a mi cabeza. ¿Cómo iba a abandonar? Nos había traído a Lucas y a mi hasta este rincón de Colorado, en pleno viaje de novios, sólo por esta carrera. ¿Cómo iba a rendirme? Sabía que desde España tenía a mis padres pendientes, a mi hermano, a mi familia, a muchos amigos… ¿Cómo iba a decepcionarles a todos? Decidí que no. Que seguía. Que si me tenían que tirar abajo por un tiempo de corte, que lo hicieran, pero no iba a abandonar. No.

Comencé a subir y gracias a Dios que me enganché a una chica, Emily, que subía acompañada por su pacer, “El oso” y me dieron conversación en esa infernal subida que lleva de Winfield a Hope Pass… porque si subir Hope Pass desde Twin Lakes es duro, subir desde Winfield a Hope Pass es MUERTE! Además era durísimo ver bajar a la gente que ya había pasado de 14 horas, sabiendo que al llegar a Winfield no les dejarían seguir, saber que todo su esfuerzo no les había permitido cumplir con la hora de corte.

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Yo seguía de bajón pero a mitad de subida se me ocurrió la solución. Noté que de piernas estaba bien, que era la cabeza lo que estaba fallando al 100%. Así que pensé pedirle a Lucas que me acompañara desde Twin Lakes, en lugar de hacerlo desde Outward Bound. Era pedirle 20kms extra como liebre, pero si no lo hacía, no sabía si yo sola iba a ser capaz. Finalmente, pasado Hope Pass de nuevo empecé a bajar mucho más animada, las piernas iban bien y pensar en contar con Lucas para el regreso me había animado mucho. Pude finalmente contactar con él a mitad de bajada y no se lo pensó: me acompañaría esos 60kms.

Llegué a Twin Lakes justo cuando comenzaba a anochecer. Me cambié las zapatillas de nuevo a las New Balance Leadville. También me cambié los calcetines, empapados. De haber tenido, hubiera cogido también otra camiseta térmica, pero sólo me quedaban de manga corta, así que no pude.

El regreso de noche se me hizo bastante llevadero gracias a la compañía de Lucas. Fuimos haciendo chistes, corriendo bastante y pronto fueron cayendo los kilómetros. Pasamos momentos de muchísimo frío, sobre todo al salir de los avituallamientos, empezaba a tiritar y no podía parar!!

Los problemas regresaron al afrontar de nuevo Sugarloaf Pass. En el sentido de regreso, es durísimo. Durísimo! Es una cuesta muy dura, sin fin, que parece prolongarse eternamente. Subimos y subimos y cuando llegamos arriba yo tenía tan entumecidos los cuádriceps que pensé que no iba a poder correr de nuevo. Finalmente pude y corrimos cuesta abajo, pero acercándonos a May Queen los frontales empezaron a quedarse sin pilas y tuvimos que cambiarlas, a lo que se unió que me empezó a pasar algo raro: no podía dejar de hacer pis. Cada 10 minutos tenía que parar. Por alguna razón, era como si mi cuerpo ya no retuviera el líquido. Cada vez tenía más sed, pero al beber tenía que parar de nuevo. Notaba que me estaba deshidratando.

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Finalmente llegamos a May Queen. Todo parecía indicar que íbamos a conseguir entrar por debajo de 30 horas. Lo que unas horas antes parecía imposible, se estaba materializando finalmente. Comenzamos muy bien el camino hacia la meta, corriendo siempre que nos era posible, pero llegó un momento en que mis piernas ya no podían más. El dolor al correr era insoportable, jamás me habían dolido tanto las piernas (y encima a cada rato tenía que pararme a hacer pis!!). Por otro lado, Lucas me dió un buen susto… ¡¡se quedó dormido de pie mientras caminábamos!! Me dijo que andaba mareado y de repente me di cuenta de que no me contestaba al hablar. ¡Estaba dormido!

Amaneció y afrontamos los últimos kms de la carrera de día. Se nos hicieron eternos. Yo intentaba correr a ratos, pero pronto el dolor se hacía insoportable y tenía que parar. Adelantamos muchísimos corredores que estaban destrozados, que casi no podían caminar. Finalmente, alcanzamos la meta tras 28 horas de carrera. Quería correr la recta final entera (es más de un kilómetro cuesta arriba) y sufrí, ¡cómo sufrí!

Entré en meta en 28 horas y 6 minutos, un sueño hecho realidad. Una vez allí recibí el abrazo de la señora que lleva dando las medallas de la carrera desde que se inauguró, y de un señor que es adorable y lleva completadas más de 30 ediciones!! (no me acuerdo de los nombres, vaya por Dios!). Antes de irnos al hotel vimos entrar en meta al otro español de esta edición, José Manuel Domenech, que entró unos 10 minutos después acompañado por sus hijos y mujer.

Llegamos al hotel y casi muero para subir hasta el tercer piso, en el que estaba la habitación (no, señores, no. No había ascensor). Una vez en la habitación, me senté en la cama a llamar a mis padres… y luego no me podía levantar. Jamás, jamás, he sentido tal dolor en todo mi cuerpo. No podía estirar las piernas, tenía los pies hinchados y los dedos bastante maltrechos. Me dolían las costillas, las clavículas, la espalda… Quería morir… Pero qué felicidad, ¡qué felicidad!

Ese mismo día nos dieron las hebillas a todos los finishers. De 650 corredores que iniciaron la carrera, sólo la finalizaron 319. Más de un 50% de abandonos. Brutal. Yo acabé en el puesto 149 de la general, siendo la 24 de las 61 mujeres que finalizaron la carrera.

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Los tres primeros días tras la carrera no podía casi ni moverme pero hoy, pasada una semana desde la carrera, ya no tengo agujetas, ni me duele nada y, lo mejor de todo, es que tengo de nuevo ganas de salir a correr y de ir a entrenar, algo que, creedme, cuando acabé la carrera lo veía muy muy lejano.

Tengo que agradecer a Lucas todo el esfuerzo y la paliza que se dió ese día, así como su apoyo incondicional en esta locura. Te quiero.

Gracias también a mis padres por sus ánimos y por haber estado pendientes, así como a mi hermano y a mis tías.

Gracias a Javier Ullé por sus ánimos constantes vía whassup. Estuviste en mi cabeza en carrera muchas veces con tu famoso “Vamos Almix!!”. Gracias Vane, Jesusito, Monique, Cristóbal, Luis, y todos los que estuvisteis pendientes de mi cuando estaba en carrera.

Gracias a Carmen y a todo el equipo de Pronaf por haberme orientado para que mi nutrición en carrera fuera perfecta.

Gracias Rober por estos meses de entrenos. Dijiste que conseguiría la hebilla y no te equivocabas!

Gracias a todas las personas que me apoyasteis en las redes sociales, fue increíble recibir tanto cariño.

Gracias a Ana, a Mayayo y a Alfonso por sus consejos expertos sobre la carrera.

Y por último gracias a todos los voluntarios, al público y a toda la organización de Leadville. Probablemente jamás leáis esto, pero vuestra labor es impagable. Sois la caña. Jamás me he sentido tan bien atendida y tan querida en una carrera.

Ahora sí, después de esta chapa, me despido. Os dejo aquí el video:

Besos a porrón!

 

Alma