La ciudad que nunca duerme hizo una excepción conmigo y me permitió cumplir un sueño… un fin de semana que supone una de las mejores experiencias que he vivido como atleta. Un viaje de ensueño, una ciudad mágica y una competición magnifica. Ni un solo adjetivo negativo quedará en mi recuerdo de esta competición.

Cuando surgió la oportunidad de acudir a una competición como los Millrose Games, mi entrenador y yo no lo dudamos ni un momento, teniendo la mínima en el bolsillo podíamos arriesgar en un viaje así. Si salía la marca habríamos aprovechado la ocasión, si no, podía disfrutar de una experiencia única en la Gran Manzana. Al final pude sentirme afortunada, porque arriesgamos, salió la marca y disfruté de la experiencia.

Así que allí me plante, a seis zonas horarias de mi ciudad y a cuarenta plantas de media en los edificios. Un entorno que resulta demasiado familiar, todo lo has visto en una película, no te sientes extraño…y la gente de allí facilita aun más toda esta situación. Pánico tenia con mi paupérrimo inglés, pero el español abunda lo suficiente para no necesitarlo.

Antes de competir, el estatismo y tranquilidad invade mi rutina, pero esta vez necesitaba una excepción, un turismo controlado y tranquilo, pero obligatorio en mi primera estancia en la ciudad de los rascacielos. Entre rodajes por Central Park y pequeños paseos llego el día de la competición. El único momento donde me sentí desorientada, en una pista extraña, donde no conocía nada y a casi nadie, y quienes me sonaban eran esas figuras que acostumbras a ver en la prensa…sola en la calurosa zona de calentamiento me senté intentando encontrarme en esta extraña situación, y cuando lo conseguí, Maurice Green se sentó a mi vera. Extraño todo lo que vivía, increíble ambiente atlético…pasión por el atletismo inundaba cada rincón.

Salí a calentar y allí volví a mí ser, ya todo bajo control, mis nervios, mis ganas y mi ansia por hacerlo bien. Se retraso el momento de la carrera, no llegaba el momento de salir al tartán. Pero llego, y ya no oída nada…ya no había perdida. Así que sonó la pistola, me plante detrás de la campeona del mundo y me dije a mi misma: “hasta el final”. Un pequeño error con Sifuentes me corto la trayectoria, había defendido mi posición hasta tres veces en el mismo lugar, y venció ella. Pero pude cambiar, llegar con fuerza y echar el resto en el ultimo 100…con la sensación de quedarme algo en la recamara, esa maravillosa sensación que te hace creer en que puedes correr un poquito más rápido. Y vi el crono, mi segunda mejor marca…la mejor indoor, sentirme atleta de esta manera en un año como el que tenemos en transcurso.

Y felicidad y satisfacción fue lo que llego desde ese momento, ganas de seguir por esta senda…

Así que regreso a España y sorprendentemente me encuentro con una atención mediática a la que no estoy acostumbrada, un viaje que me ha dejado destrozada. Una intensidad de fin de semana que me ha pasado factura físicamente, muchas emociones desmesuradas en un cuerpo como el mío. Así que mi “tendón de Aquiles” se ha resentido, pero hoy vuelvo a encontrarme bien, hoy me desperezo de un sueño que ha sido precioso y fugaz, que como una estrella me ha guiado para seguir trabajando por el buen camino. Hoy tengo más ganas que nunca de digerir bien la Gran Manzana.

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