El tiempo marcaba la pauta, el tiempo que debía invertir en cubrir los 1500 metros que me separaban de Londres, el tiempo que quedaba para intentarlo…un tiempo que empezaba a ejercer presión, que pasaba lento en medio de la desesperación y que empezaba a llamar a la desilusión que tan estoicamente aguantaba en cada competición.

Sabíamos que Helsinki era un campeonato donde lo importante era el puesto, donde correr rápido podía ser una opción, pero improbable. Uno de nuestros objetivos principales, siempre a la sombra de los grandes aros, una oportunidad de clasificarnos en nuestra primera final al aire libre. Y así fue, en una semifinal donde me sorprendí a mi misma leyendo bien la carrera, con la cabeza fría de asegurar el puesto que garantizase la final, y con un crono de 4’10” en mi temido rendimiento matinal.

La final fue un calco de las “semis”, lenta, pero con la selección de las mejores. Ahí todas corren, y todas llegan frescas al toque de campana. Arriesgue y luche, sabía que debía ser finalista e hice una apuesta en la contrarrecta que pague en los cuadros. De 7ª a 10ª en medio segundo…pero valió la pena, en ese momento vi claro que debía mirar hacia delante,  no había nada que perder. Esta vez el crono en 4’11”,  después del esfuerzo de la semifinal. Sabía que en mis piernas estaba, pero lo más importante: mi cabeza también lo sabía.

Y llegó la última semana, el temido plazo se iba echando encima, y empecé a sentirme pequeña. Las inscritas en Mataró no me daban garantías de una carrera como la que yo necesitaba para luchar por Londres, y cuando estas cansada…empiezan las dudas. Regresé de la capital finlandesa y afronté mi último entreno, sola, mis compañeros han regresado ya a sus casas y mi entrenador no se encontraba en Zaragoza. La pista parecía más grande, mis piernas más pesadas y no existía cierzo al que achacarle mis malas sensaciones… y entonces piensas que no estar en los Juegos Olímpicos puede ser la otra temida opción.

Lo había hablado con Jesús, debíamos ser valientes pasase lo que pasase porque el trabajo estaba bien hecho, llevamos dos buenas temporadas estando muy regulares y compitiendo a buen nivel. Hemos cosechado resultados que hace tres años parecían lejanos, y eso no podía ser minusvalorado por no viajar a Londres. Pero yo sentía que tenía que estar, porque es el momento, porque nunca podre saber que pasará dentro de cuatro años y sí se que ahora podía pasar.

Paris era mi salvoconducto. Lo sabía y lo presentía…pero una Diamond era una fiesta privada para una maña con pocos meritos en esa celebración. Y Miguel lo luchó, y lo consiguió…un dorsal, un maravilloso dorsal. Así, a las 23.30 de la noche la noticia me desveló, la ilusión entro a empujones y la tranquilidad de tener una oportunidad más. Llegaba la hora de la verdad.

Equipaje de mano preparado, itinerario aprendido y una atleta que soñaba mirando por la ventanilla. Vi la Torre Eiffel desde el autobús, sentí esas mariposas en el estómago…amor o nervios, ya no sabría decirlo. Pero la capital francesa y yo tenemos feeling. Mi primera internacionalidad, mí vuelta con la absoluta después de ese “gran” bache…y la primera final en un campeonato. Solo me debe una traición: en la que sus celos quisieron hacer daño a alguien que quiero más. Pero arrepentida, me pidió redención dándome esta oportunidad.

Sentada sola en la zona de calentamiento vi como me franqueaban a los lados, por un lado Lemaitre, en el otro, los “Bekeles”… otra vez pequeña.

Repetí mi protocolo de competición, pero calentando sentía que se revolvía el estómago. Cerré los ojos, respire, hoy no había que pensar, solo aguantar hasta que las piernas dijeran basta. Me tranquilice, y sin darme cuenta estábamos ya en la pista. Un estadio con mucho público, maravilla desconocida…ánimos imperceptibles porque sonaban al unisonó.

Salida nula, más tensión. Ahora sí. A final del grupo, paso a 1’02”…esto es rápido, pero yo siento que nos paramos, casi frenada en la segunda vuelta, las ganas querían correr más que las piernas. Tranquila, queda mucho…no tanto, el mil, afrontamos ya la última vuelta. ¿2’42? Señor, creo que solo he hecho dos miles más rápidos que eso…espera, ese es tu ritmo, no te asustes, si quieres mínima sigue ahí. Cola de grupo, toque de campana, voy bien. Sobre 3’58”, ¡sale!… 300 metro para meta, la keniata de delante se frene un poco, ¡no hombre! La intento adelantar, justo realiza la misma maniobra para intentar sobrepasar a la noruega…buf, no tengo fuerzas para subir este ritmo. Otra vez a la cuerda. 200 metros. ¿3’30”?…aunque pinche la tengo. Aguanta con esta espalda. Empiezan a picar las piernas, aguanta. 100 metros, ya no sé ni contar. 50. Veo el crono, para en 3’56”, que bestialidad. En el parcial de abajo veo que cambia 4’01”, aprieta dientes, 4’02”, sigue, 4’03”…cruzo la línea, en el momento en el que el 4 pasaba a 5. Si, la tengo, seguro, no puede haberme fallado la vista. ¿La tengo? ¡La tengo!…lo he logrado, la mínima A, 4’04”8…esto ya suena de otra manera. Marca personal.

Había competido en unos de los mejores, por no confirmar que el mejor, 1500 femenino de la historia. Cerré el grupo con 4’04”. Madre mía…13ª, y yo había corrido lo más rápido que sabía. Pero no importaba el puesto, había logrado in extremis la mínima A que necesitaba, esta vez me lo había ganado.

Había logrado cumplir un sueño, una quimera que viajaba conmigo antes incluso de empezar a correr. Una utopía que siempre respondías cuando te realizaban entrevistas: mi sueño, estar en unos Juegos.

Que alguien me pellizque…porque aún no me lo creo.

[http://youtu.be/2p7RC9TAr8I]