Territorio Beamon

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 Poco después de que Bob Beamon saltara hasta los 8,90 metros en aquel mediodía de octubre de 1968 en Ciudad de México, comenzó a llover. Como si el destino intentase borrar las huellas del hecho insólito que acababa de acontecer, como si el cielo, tan eléctrico, quisiese recordar que se acababa de abrir y de cerrar una de las puertas más asombrosas de la historia del deporte.

 La infancia de Beamon fue muy difícil. Nacido en uno de los guetos más peligrosos de Nueva York (South Jamaica, en el barrio de Queens), perdió a su madre por enfermedad al poco de nacer, y gracias al baloncesto y al deporte consiguió sobrevivir en la dura vida del instituto. Pronto, sus tremendas aptitudes atléticas le derivaron al atletismo, y destacando primero como velocista y después como saltador, logró una beca universitaria que se abría como un cheque en blanco hacia una nueva vida, lejos de las pandillas y los conflictos de su barrio natal.

 Tras un año en la Universidad de Greensboro (North Caroline A&T) y dos en Texas El Paso (UTEP), Beamon, con sólo 22 años, llegaba a los Juegos Olímpicos de México en el mejor estado de forma de su vida y con la mejor marca mundial del año de 8,33 metros que, aunque lo señalaba como uno de los principales favoritos, todavía no hacía presagiar la enorme barrera que iba a traspasar.

 En la altitud de la capital mexicana, a 2.240 metros sobre el nivel del mar, dónde es posible una mayor penetración en el aire, y con las mágicas condiciones atmosféricas que preceden a la tormenta, en sólo 7 segundos, Bob Beamon cambió la historia del atletismo. 2 metros por segundo de viento a favor (el máximo permitido para poder validar una marca a efectos de récord), 19 zancadas, una velocidad de 10,71 metros por segundo en los últimos 10 metros, 93 centésimas en el aire, una altura de 1.97 en el punto más alto de su salto, 8,90 metros por segundo de velocidad durante la trayectoria aérea y 8,90 metros más lejos configuraban un salto estratosférico que derrumbaba todas las fronteras inimaginables y configuraba un nuevo límite que se pensó que nunca se podría superar.

 En 1968, muchas cosas estaban cambiando, y el profesionalismo deportivo era una de ellas. Tras el salto y el oro olímpico, Bob se perdió en una crisis de gloria y un circo desmedido a su alrededor. En sus competiciones posteriores los resultados no volvieron a acompañar, y al igual que el triunfo le elevó con desmesura, las críticas le azotaron aún con más fuerza, incapaz ni siquiera de volver a alcanzar las marcas previas a su gran salto.

 Beamon, prisionero del pasado, intentó volver allí dónde la nostalgia enseguida lo cubre todo,  pero, como el joven que muy pronto es consciente de que ha tocado techo, el hambre ya no estaba ahí. Aun así, supo encontrar su triunfo definitivo, y unos años después de México se retiró del atletismo (aunque posteriormente haría algún tímido intento de regreso) y terminó su carrera universitaria en 1972, cerrando un círculo que parecía imposible para un chico del gueto.

 Veintitrés años después, durante otra mágica noche de agosto en Tokio, Mike Powell consiguió superar la gesta de Beamon y llegó hasta 8,95 metros. Por si fuera poco, en aquella mítica velada estuvo en frente el mejor Carl Lewis, a quién ni la mejor serie de saltos de la historia le valió para ir tan lejos dónde saltó Powell, dónde nunca nadie ha vuelto a llegar.

 Powell, tras aquella noche, centró todos sus esfuerzos en superarse de nuevo. Decidió pelear con el viento, con la altitud, y como un zahorí detrás de imposibles se embarcó en la búsqueda de las condiciones perfectas convencido de que, repitiendo el salto de Tokio con más viento a favor y a mayor altitud, aún le quedaba margen de mejora. Y en ese constante empeño no dudó en encerrarse en Sestriere, en plenos Alpes del Piamonte italiano, dónde incluso llegó en julio de 1992 a los 8,99 metros, pero con una ventolera a favor (4,4 metros por segundo) que anulaba la marca a efectos de récords (en julio de 1994 también igualó los 8,95 metros pero de nuevo con viento excesivo de 3,9 metros por segundo).

 En los Juegos de Barcelona de 1992 Powell fue plata tras Carl Lewis, al igual que había ocurrido en Seúl 1988. En el mundial de 1993 consiguió reeditar su victoria de dos años antes en la capital japonesa. Pero ya nunca consiguió superar aquellos mágicos 8,95 metros con viento legal.

 Podríamos perseguir la esencia del atletismo. La dureza de los entrenamientos, la soledad del día a día del entrenador y el atleta, el esfuerzo de tantos años por llegar lo más alto, lejos o rápido posible. Y al final nos quedaría ese instante. Ese fogonazo irrepetible en forma de carrera, salto o lanzamiento que supone el punto máximo al que se puede llegar. Con todo su romanticismo. Con toda su belleza y toda su crueldad. Ese preciso instante. Territorio Beamon.

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