Cuentos del tartán: El peso de la gloria

Boughera El Ouafi (campeón olímpico de maratón Amsterdam 1928) y Samuel Wanjiru (campeón olímpico de maratón Pekín 2008)
Boughera El Ouafi (campeón olímpico de maratón en Amsterdam 1928) y Samuel Wanjiru (campeón olímpico de maratón en Pekín 2008)

Amé a Wanjiru.

 Igual que los críos al futbolista al que quieren imitar intentando regates imposibles en el parque. De la misma forma en la que el niño sobre la bicicleta sueña que está escalando un puerto de curvas infinitas como su ídolo.

 Porque desde el principio, la historia de Sammy Wanjiru (Nyahururu, 10.11.1986 – Nyahururu 15.05.2011) lo tuvo todo.

 Nacido en la altitud del valle del Rift, al talento y la genética pronto se le unió la cultura japonesa del maratón, entendido allí como una religión, y con 15 años, captado por un programa de ojeadores, Wanjiru tuvo la oportunidad de marcharse a estudiar y a entrenar a Japón, dónde el destino quiso que se encontrara con otra leyenda, Koichi Morishita, subcampeón olímpico en Barcelona 1992 y luego entrenador. El espíritu keniano y el método japonés. Imposible encontrar un guion mejor. Nada podía fallar. Y desde el principio, delante de la ilusionada mirada de todo el atletismo mundial, al mismo tiempo que el joven keniano asombraba en la pista, rápidamente se convirtió en un mito del ekiden japonés (carreras por relevos).

 Todo apuntaba a lo más alto, y el resto de su camino no dejó de confirmar las expectativas. En 2005, según se graduaba en la escuela secundaria en Sendai y batía el récord del mundo junior de 10.000 metros en pista (26:41.75), batió el récord del mundo de medio maratón (59:16), mejorando el anterior registro de Paul Tergat en un segundo. En 2007, después de que el mismísimo Haile Gebrselassie hubiese mejorado su marca, conseguía un nuevo récord mundial rebajándolo hasta 58:33.

 Mientras, según  hablaba de Haile, Tergat y el campeón olímpico Stefano Baldini como ídolos, el maratón le esperaba.

 En diciembre de 2007 debutó con victoria y récord de la prueba en Fukuoka (2h06:39). En la primavera de 2008 fue segundo en Londres (2h05:24). Y el verano en Pekín le llevó a la gloria olímpica, con un oro histórico para Kenia, que nunca lo había conseguido en la disciplina de fondo por excelencia, y un nuevo récord olímpico (2h06:32), precisamente en una carrera tan dura por las condiciones climatológicas y los niveles de contaminación en el aire que se esperaban, lo que hablará siempre del tamaño de la gesta de Wanjiru.

 Ya consagrado como mito en el mejor de los escenarios posibles, 2009 fue un año impresionante, con victorias en el maratón de Londres con marca personal y récord de la prueba incluido (2h05:10) y en el de Chicago, de nuevo con récord de la prueba (2h05:41). Solo tenía 23 años, y el futuro parecía suyo, con el récord mundial como único horizonte posible.

 Pero 2010 trajo una retirada por lesión en Londres, y pese a una nueva e impresionante victoria en Chicago (2h06:23) tras una difícil preparación que no hacía presagiar un gran resultado, la vida del corredor entró rápidamente en una difícil espiral personal y familiar, que comenzó con una detención en el mes de diciembre acusado de posesión de un rifle AK-47 sin licencia y amenazas a su mujer, que continuó por un aparatoso accidente de tráfico y que se precipitó por truculentos relatos de tragos, mujeres, y una desmedida vocación solidaria que pronto amenazó con arruinarle, hasta desembocar en un trágico desenlace, que recuerda a la historia del también campeón olímpico de maratón en Amsterdam 1928, el francés de origen argelino Boughera El Ouafi.

 El Ouafi (15.10.1898 – 18.10.1959) nació en la ciudad argelina de Ouled Djellal, colonia francesa por aquel entonces, y durante su servicio militar con en el ejército francés en los últimos meses de la I Guerra Mundial, sus condiciones atléticas llamaron la atención de sus superiores, lo que hizo que fuese enviado a distintas competiciones militares y seleccionado para el maratón de los Juegos Olímpicos de París 1924, donde terminó séptimo.

 Su gran momento llegó en el maratón olímpico de Amsterdam 1928, donde tras una gran carrera se consagró como el primer argelino, árabe y africano en ganar una medalla de oro. El triunfo le abrió la puerta de Estados Unidos, pero tras caer en el señuelo del profesionalismo en busca de algún dinero, fue víctima del sistema amateur de la época, y la Federación francesa y el Comité Olímpico Nacional no le dejaron competir tras el regreso a su país.

 Obligado al retiro, con las pocas ganancias obtenidas El Ouafi montó un bar en París, pero las cosas no fueron bien. Terminó arruinado, y después, tras un atropello que le dejó incapacitado para trabajar, acabó en el olvido.

 Hasta que, veintiocho años después de Amsterdam, tras la victoria de Alain Mimoum en el maratón olímpico de Montreal 1956, un documental de la televisión gala lo rescató del anonimato.

 Alejado de todo y de todos, El Ouafi hablaba de su oro, pero sin ni siquiera recordar la edición de los Juegos Olímpicos ni el lugar donde lo consiguió, y la historia que le llevó de la gloria al olvido causó tanto impacto que hasta el propio Mimoum encabezó una iniciativa, a la que posteriormente se unió L´Equipe,  para recaudar fondos para el hombre que le había precedido y para restaurar el reconocimiento de su país al hombre que, también al igual que el mismo Mimoum, había llegado desde Argelia tras una Guerra Mundial como si de un héroe de guerra se tratase.

 Pero el destino no quiso darle una segunda oportunidad, y en 1959, tan sólo tres días después de cumplir 61 años, en un café-hotel en el número 10 de la rue du Landy en Sant Dennis, El Ouafi fallecía a causa de un tiroteo, presuntamente a manos del Frente Nacional de Liberación de Argelia según la prensa de la época, en unas extrañas circunstancias donde no faltan distintas teorías que van desde el desenlace por negarse a patrocinar al frente argelino, hasta la casualidad e incluso disputas familiares.

 El 15 de mayo de 2011, Wanjiru fallecía tras caer desde el balcón de su casa en Nyahruru, al este de Kenia. Envuelto en una oscura historia de alcohol e infidelidades, detrás queda todavía sin esclarecer el misterio de si fue un accidente después de que su mujer le pillara con otra, o bien un asesinato o incluso el suicidio al que primeramente apuntaron las fuentes policiales.

 El cronista deportivo Pedro Escamilla, haciendo suyo uno de los titulares que aparecieron tras la muerte de El Ouafi, escribió que “la gloria fue demasiado pesada para él”. Desgraciadamente, también lo fue para Sammy Wanjiru.

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Nota: Recordamos aquí la entrevista de Martín Fiz a Samuel Wanjiru publicada en el nº 73 de Runner´s World (marzo 2008).

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