Cuentos del tartán: La playa

Las dunas de Percy Cerutty en Portsea
Las dunas de Percy Cerutty en Portsea

 

vuelve la mirada / y dime, ¿qué ves?

eres el boxeador / entrenando en la playa

lanzando ganchos de izquierda / al aire…

has aprendido / a esquivar un ataque

pero en invierno / nadie baja a ver el mar

y las gaviotas / no permiten que te acerques

a ellas…

 “El boxeador”, Enrique Bunbury. Las Consecuencias (2009).

Venías aquí con el objetivo de correr más rápido y mejorar tu carrera,

pero realmente era una escuela de vida.

 Ben Mackie, alumno de Percy Cerutty.

.

 Todo va demasiado rápido. La sociedad moderna nos tiene demasiado alejados de la naturaleza…

 Algo así debió de pensar el mítico entrenador australiano Percy Cerutty (Prahran, 10.01.1895 – Portsea, 14.08.1975), que tras adoptar para sí mismo los principios de entrenamiento suecos que Gösta Olander practicaba en Volodalen, estableció su centro de entrenamiento en Portsea, a un centenar de kilómetros de Melbourne.

 Portsea llegó a ser el hogar espiritual de Cerutty, donde sintió que realmente podía conectar con la naturaleza y encontrar la paz consigo mismo, hasta el punto que se convirtió en el lugar ideal para desarrollar su propia filosofía, mezcla de principios estoicos y espartanos, y convertirse en el lugar ideal para sus entrenamientos, tan ligados a la naturaleza y con peculiaridades como la filosofía y la poesía como contrapuntos a la dureza de la búsqueda de los límites físicos.

 Junto al océano, a lo largo de la playa, los entrenamientos de Cerutty se desarrollaban en un marco idílico, siempre apoyados en elementos naturales como la arena, el agua, y las duras subidas de las dunas próximas. Incluso con el máximo cuidado de aspectos como el ascetismo alimenticio, los novedosos entrenamientos cruzados con pesas y natación, y la continua búsqueda de la conexión con la naturaleza tanto para el ejercicio como para el descanso.

 Su alumno más aventajado, Herb Elliott, alcanzó la cima con una bellísima victoria en los 1.500 metros de los Juegos Olímpicos de Roma 1960, récord mundial incluido (3:35.6), y su figura es la que mejor representa el misticismo buscado por Cerutty. “El trabajo era exigente hasta lo increíble, pero a la vez inspirador, natural y hermoso”, como llegó a decir el célebre millero australiano de su experiencia junto a su entrenador.

 Estos días, en España, hemos tenido la oportunidad de leer un fantástico artículo publicado por X.R. Castro en La Voz de Galicia, donde bajo el título “Cuando la playa supera al tartán” se recogen los entrenamientos aplicados por el coruñés José Carlos Tuñas, entrenador fundamental para entender la velocidad en Galicia, quién, ante el mal estado de las pistas de entrenamiento, ha tenido que agudizar el ingenio y recurrir a la playa (incluso dentro del agua) como medio natural para continuar con la progresión de su grupo atletas, que además están viviendo un buen crecimiento con los nuevos medios aplicados.

 El cine, fuente inagotable de sueños e imágenes, hizo el resto y, desde la película “Carros de Fuego” (Hugh Hudson, 1981), si pensamos en la relación del atletismo con la playa, inevitablemente viene a la cabeza la maravillosa primera escena de la película, en la que, bajo la música de Vangelis, el equipo británico entrena para los Juegos Olímpicos de París 1924 corriendo por la playa de West Sands en Saint Andrews, al este de Escocia.

 Entre acantilados, la playa de St. Andrews es un lugar donde parece que se ha detenido el tiempo, y su vinculación con el atletismo será ya para siempre de tal calibre que, hasta durante el camino de la antorcha olímpica de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 se recreó la famosa escena de la película.

 Por necesidad, ante la falta de posibilidades, o por elección, la playa es un marco que ofrece una cantidad de elementos perfectos para el entrenamiento. Por principios, el viaje del entrenamiento a lo natural siempre ofrecerá al atleta y al entrenador una sensación mucho más profunda e inspiradora.

 Y en todo caso, con toda su poética y su misticismo, la playa siempre nos permitirá sentirnos como Eric Lidell o Harold Abrahams en la famosa escena de Carros de Fuegos. O como el lanzador que soñaba con unos Juegos Olímpicos practicando en la arena. O como el explosivo Teddy Tamgho, tan acostumbrado a la playa de San Juan de Alicante, y que viajó con Iván Pedroso a Cuba para entrenar en la playita de Bacuranao, a quince kilómetros de La Habana.  O como Renaud Lavillanie esquivando diciembres en Isla Reunión. O como el niño que fue nuestro querido Yago Lamela, quién bajo la mirada de su padre jugaba a saltar lo más lejos posible de una raya pintada en la arena de la playa de Xagó, sin saber todavía que estaba comenzando a dibujar unos saltos que serían para siempre infinitos.

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