Cuentos del tartán: Días de rugby

Portada del Western Mail (28.09.2015) con el himno de Gales, tras la victoria sobre Inglaterra.
Portada del Western Mail (28.09.2015) con el himno de Gales, tras la victoria sobre Inglaterra en la Copa Mundial de Rugby Inglaterra 2015.

“Corro con mi cabeza, con mi corazón y con mis tripas, ya que físicamente no creo que tenga una gran cantidad de talento o habilidad”.

Steve Jones, plusmarquista mundial de maratón en 1984.

“El rugby es un deporte al que pueden jugar hombres de todas las clases; pero no están admitidos los malos deportistas de ninguna clase”.

Lema incorporado al escudo del equipo de rugby Barbarians F.C.

 Podría pensar que muchas de las cosas que me ocurren, o que muchos de los pensamientos que me asaltan, siempre llegan cuando estoy corriendo. Quizás sea cierto, y seguramente haya una estrecha relación entre el acto de correr y las ideas que llegan en ese estado de relajación mental que constituye el alma del corredor de fondo. Pero prefiero pensar que paso tanto tiempo corriendo que, al final, estadísticamente, es un espacio temporal tan grande en el que inevitablemente tiene que ocurrir de todo.

 Hace años, un gélido amanecer de invierno me sorprendió en Cambridge, y como cada mañana, el día comenzó corriendo. Bajo una espesa niebla, entre los colleges, grupos de jóvenes se fueron juntando sobre la hierba de uno de los principales parques de la ciudad, y enseguida, mientras corría, pude disfrutar viendo a aquellos universitarios que, desafiando al frío en manga corta y con el rostro enrojecido por el esfuerzo, luchaban por un balón de rugby en una preciosa disputa que bien podía confundirse con una coreografía organizada bajo la niebla.

 Aquel mismo día comenzaba la edición anual del prestigioso Torneo de las Seis Naciones, y en aquel ambiente de euforia, de pasión, de pubs y de cervezas, fue muy sencillo descubrir una profunda admiración hacia uno de los deportes más apasionantes.

 Seguramente en nuestro país queda muy alejado de los focos informativos, pero estas semanas se está disputando en Inglaterra uno de los acontecimientos deportivos más seguidos en todo el planeta: la octava edición de la Copa Mundial de Rugby; y sin duda son buenas fechas para disfrutar tras el balón ovalado.

 En un deporte tan llamado a la mítica, con tanta vocación para perdurar, dentro de la primera fase del mundial que se está disputando, ya han ocurrido dos hechos que entrarán directos en la historia del deporte: la sorprendente victoria de Japón ante la todopoderosa Sudáfrica con un ensayo antológico en el tiempo añadido, todo un ejemplo de la lucha y la fe que tanto simboliza el deporte; y la derrota del XV de Inglaterra ante Gales en su propia casa, en Twickenham, la mismísima catedral del rugby, en lo que ya se conoce como un nuevo maracanazo del siglo XXI.

 La historia de Gales transcurre apegada a sus valles, tan ligados a la minería y la metalurgia, y está marcada por el duro ocaso que comenzaron a vivir estas actividades tras la Segunda Guerra Mundial, hasta llegar a los cierres de las explotaciones mineras a finales de los años setenta y las huelgas de los años ochenta que arrastraron a la pequeña nación británica a una fuerte crisis económica y de identidad. Pero por encima de todo, Gales, dónde el rugby se vive como una auténtica religión, se caracteriza por ser un pueblo tradicional y orgulloso, y muchas de sus mejores páginas deportivas comenzaron a escribirse en lo más profundo de aquellos valles.

 Basta recordar a Sir Gareth Edwards, hijo de un minero y nacido en aquellas cuencas del sur de Gales, en el valle del Lliw, que ha pasado a la posterioridad como uno de los mejores jugadores de la historia del rugby y como el autor final de una de las consideradas como mejores jugadas de todos los tiempos.

 El 27 de enero de 1973 se enfrentaron en el Arms Park de Cardiff los famosos All Blacks de Nueva Zelanda y los míticos Barbarians, un equipo fiel al espíritu amateur del rugby dónde solo se juega por invitación. Y aquel partido, y sobre todo aquella jugada que remató el propio Edwards, han quedado para siempre en la memoria de los aficionados (y más especialmente de los galeses, que aportaban a aquellos Barbarians siete jugadores y la filosofía de juego que les caracterizaba en los años setenta) como uno de los momentos más icónicos de la culminación de este deporte.

 En un precioso ejercicio de velocidad, de apoyos constantes, de pase y recepción, los Barbarians dibujaron una jugada perfecta a través de cien metros, imposible de detener para los neozelandeses. La jugada culminó con una carrera de cuarenta metros de Edwards, tan maravillosa que, más de cuarenta años después, los galeses, orgullosos, siguen recordándolo como ejemplo de un rugby adelantado a su tiempo y como definición de su manera de sentir el juego.

 Otro de los símbolos deportivos de Gales, el maratoniano Steve Jones, hijo de un metalúrgico, también se crio en el sur el país, en Ebbw Vale.

 Con fama de vago y rebelde durante su infancia, fumador desde los once años, Steve Jones comenzó a destacar en las primeras carreras en las que participó con la organización juvenil de las fuerzas aéreas de su país, hasta que comenzó a compaginar su trabajo como mecánico en la Royal Air Force con su faceta como corredor en el equipo de la Fuerza Aérea.

 Destacado corredor de pista (fue octavo en los diez mil metros de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984), su explosión definitiva se produjo con su paso al maratón, donde en el maratón de Chicago 1984, tras haberse retirado en su debut en la misma carrera un año antes, se proclamó ganador con récord del mundo incluido (2h08:25).

 Jones, que recientemente recordaba lo diferente que era el maratón en los años ochenta: “nunca usaba reloj”, siempre se caracterizó por ser un corredor con mucho valor y coraje, fiel reflejo del espíritu del que tanto gusta presumir a los habitantes de Gales. Y así ha pasado a la posterioridad con grandes carreras como los 10.000 metros que ganó en Bruselas en 1983, con una gran demostración final de fuerza; como el mencionado récord del mundo de maratón en 1984 bajo unas circunstancias climatológicas muy adversas; como su gran marca de 2h08:16 en el maratón de Londres 1985, con parada al baño incluida; como su fantástica victoria de nuevo en Chicago en 1985 ante el campeón mundial Rob de Castella, con un registro de 2h07:13 que le dejó a solo un segundo del récord del mundo que recientemente había establecido Carlos Lopes en Rotterdam; o como su prestigiosa victoria en el maratón de Nueva York en 1988.

 Tan acostumbrados como estamos a la soledad del corredor de fondo, el acto de correr parece muy diferente cuando se practica en equipo, pero su esencia última sigue siendo la misma. Y más en un deporte como el rugby donde, con el balón en las manos, nunca te puedes quedar quieto.

 Sin duda el rugby es uno de los deportes más nobles que existen, toda una explosión de fuerza y agilidad en la que dos poderosos equipos convergen en una bonita pelea por ser el más fuerte. Y debajo de esos cuerpos de enormes atletas, cada partido se convierte en un apasionante ejercicio de velocidad y espectacularidad, donde la rapidez se mezcla con la fuerza en un deporte mucho más abierto de lo que podría pensarse a priori.

 Al fondo está la línea de ensayo, y siempre será un enorme placer disfrutar con esas maravillosas carreras en las que, veloz, el jugador corre con el balón entre sus manos bajo esa sensación de que nadie le podrá alcanzar.

 Porque, al fin y al cabo, como en la vida misma, correr siempre tiene mucho de huir. Como si a veces esa fuera la mejor manera para encontrarse.

 

 

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