¿Cuándo nos robaron el mes de abril?

lapiz color

 La semana pasada, junto a las viejas pistas de la Ciudad Universitaria de Madrid, tuvimos la suerte de celebrar una gran tertulia dentro de un amplio reportaje que estamos preparando para la revista Atletismo Español y que verá la luz a principios de 2016.

 Alrededor de la mesa, reunimos a un grupo de atletas y entrenadores imprescindibles en la historia del atletismo español quienes, con José Luís Torres a la cabeza, escribieron desde los años cincuenta muchas de las primeras páginas de nuestro deporte tal y como lo conocemos hoy en día. Y la conversación enseguida giró sobre lo que ellos mismos representan: el recuerdo de su época, tan apegada al romanticismo y al espíritu amateur, y un unánime veredicto sobre la desaparición del deporte en la educación y la falta de un verdadero sistema deportivo en los colegios como la principal tragedia del atletismo y el deporte español actual.

 Pero como si aquella fantástica reunión hubiese sido una isla rápidamente olvidada en los viejos campos universitarios, la actualidad, por caminos bien distintos, desde esa misma tarde nos ha ido abofeteando con la dolorosa sucesión de noticias que nos están golpeando estos días.

 Sirva tan solo a modo de resumen: hemos conocido que Lamine Diack, expresidente de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF), ha sido imputado por aceptar dinero para tapar casos de dopaje y por blanqueo de dinero; por si fuera poco, hemos conocido la presunta trama por la que el propio Diack no solo esperaba los sobornos, sino que desde el máximo organismo atlético internacional encabezaba una red que utilizaba los actuales métodos de detección de dopaje para extorsionar a los atletas y venderles su silencio; y con la publicación el lunes del informe de la comisión independiente de la Agencia Mundial Antidopaje (que sigue recordando los numerosos casos de dopaje que se producen en España) se han puesto sobre la mesa las acusaciones de un sistema organizado de dopaje de Estado en Rusia y tal y como se señala en dicho informe, como si el escándalo fuera solo la punta del iceberg, “Rusia no es el único país, ni el atletismo el único deporte en hacer frente al problema del dopaje organizado”.

 Todo ello, por encima de casos aislados, evidencia el problema más profundo del deporte profesional del siglo XXI: la corrupción de las estructuras del deporte.

 En un principio, aprendimos que la lucha contra el dopaje debe centrarse en el ámbito de la persona, de los valores. Por un lado, en la figura del deportista que, como último responsable, infringe los límites. Por otro lado, y sobre todo, en el equipo y el ambiente que rodea al deportista, pues la mayoría de las veces es ahí donde se generan las presiones y se proporcionan los medios, hasta el punto que el atleta es en realidad un elemento temporal, mientras que el entorno seguirá viendo pasar a otros cuando este se haya ido.

 Ese seguirá siendo el ámbito de lucha, pero el nuevo escenario, de mucha más gravedad si cabe, pone sobre la mesa todavía peores elementos que conviven con los ya sabidos.

 Hace mucho tiempo que el deporte se ha convertido en un elemento más del tablero geopolítico mundial, y nos guste o no, es ahí donde se juega. Incluso donde se encajan ataques entre unos y otros, con los consiguientes intereses. Pero al reclamo del dinero, del negocio, del poder y de la política, la corrupción del sistema y de las instituciones se ha convertido en la principal amenaza para el propio deporte: permisibilidad con el dopaje, corrupción, adjudicación interesada de sedes, nacionalizaciones descontroladas… hasta llegar a la situación que se comienza a poner de manifiesto en la actualidad, y dónde no solo subsiste el dopaje de Estado, algo que no es nuevo, sino que hasta presuntamente se ha ocultado desde los más altos organismos sobre los que, al menos en teoría, recaía precisamente la labor de organizar, supervisar y controlar.

 El escenario no puede ser más doloroso.

 Este verano pude pasar una mañana con uno de los atletas más carismáticos de nuestra historia quién, ya sobrepasados los ochenta años, me hablaba resignado desde la experiencia, y me daba su opinión de que el deporte hace mucho tiempo que quiso venderse al dinero y que, sin un buen control, estas son ahora las consecuencias más negativas.

 El deporte, tal y como lo conocemos desde la Grecia clásica, sigue representando los mismos valores sociales y personales en los que seguimos creyendo, pero aun así, no es cuestión de ir contra los tiempos y pedir únicamente una regreso al amateurismo. Es más, no debemos de obviar todos los aspectos positivos de la profesionalización y de la inclusión del deporte como uno de los principales elementos de la cultura del espectáculo de nuestra sociedad.

 Pero sí estamos en todo nuestro derecho (y obligación) de defender que el deporte siga representando todos los valores que constituyen su propia esencia. Sí estamos en la obligación de mantener cada uno limpia nuestra parcela y pedir sanciones duras para quién no lo haga. Sí estamos en nuestro derecho de exigir a nuestros dirigentes que sean los principales garantes de esos valores. Y sí estamos en nuestro derecho de recordar a todas las estructuras del deporte que deben promocionarlo, pero sin olvidarse de protegerlo, y de exigir todas las responsabilidades precisas si, como ahora, las propias autoridades se convierten en su principal enfermedad.

 Porque al fin y al cabo, debemos de seguir defendiendo el deporte en el que creemos. Y eso es algo que, como la ilusión, nunca podemos dejar que nos roben.

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