Cuentos del tartán: El último día de Anton Chéjov

El lento maratón de Shizo Kanakuri (Estocolmo 1912 - 1966)
El lento maratón de Shizo Kanakuri (Estocolmo 1912 – 1966)

 “El estilo de la muerte es el estilo de la vida“. Diálogos sobre la vida y la muerte, Jorge Luis Borges.

 Cada historia tiene su propio final.

 El ruso Anton Chéjov, considerado como uno de los mejores escritores de cuentos de la historia de la literatura, murió con 44 años un caluroso día de julio de 1904 en un balneario al suroeste de Alemania, en plena Selva Negra, víctima de una larga tuberculosis.

 Condicionado por su enfermedad, gran parte de su vida fue una huida de los duros inviernos rusos, siempre en busca del sol y los climas templados junto a la Costa Azul o el mar Negro y su final fue recreado por  Raymond Carver en su cuento “Tres rosas amarillas” donde realidad y ficción se entremezclan hasta confundirse, como no podía ser de otra manera tratándose del último día de uno de los mejores cuentistas de siempre.

 “Hacía tanto tiempo que no bebía champán…” dijo el Chejov imaginado por Carver antes de llevarse una copa a los labios, sin fuerza para brindar con su mujer y con el doctor que le atendía en el balneario, y justo antes de darse la vuelta en la cama y morir, en un relato en el que, en homenaje al escritor ruso,  las pausadas palabras de Carver nos hacen sentirnos partícipes de sus últimos instantes a través de elementos tan visuales y sencillos como el calor de un día de julio, un corcho de una botella de champán o un jarrón de rosas.

 Jean Paul Sartre pensaba que siempre se muere demasiado pronto o demasiado tarde. Pero Borges, a quién la palabra muerte le sugería “la esperanza de dejar de ser” y que recordaba los lentos finales de sus mayores, afirmaba que “nunca se muere demasiado pronto; siempre se muere demasiado tarde”.

 Tantas batallas vividas, tantos años después, el cuerpo del etíope Kenenisa Bekele (Bekoji, 1982) ya está demasiado castigado.

 Como en todos los juegos de fascinación y rivalidad que terminan exigiendo matar al padre, la historia de Bekele comenzó a escribirse con letras mayúsculas al derrotar a Haile Gebrselassie en el Campeonato del Mundo de París 2003 y desde ahí rápidamente entró a formar parte de los mitos de las carreras de fondo coleccionando plusmarcas mundiales (sus récords de 5.000 y 10.000 metros siguen vigentes desde 2004 y 2005) y dobletes en Juegos Olímpicos y Campeonatos del Mundo (como en Pekín 2008 y Berlín 2009).

 Pero desde 2010, con el cuerpo desgastado por tantos kilómetros al límite, Bekele quedó atrapado en una interminable lucha contra las lesiones y el propio paso del tiempo que le dejaron sin medallas en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y que están dificultando muchísimo su paso al maratón hasta el punto que, pese a su esperanzador debut en el maratón de París 2014 (récord de la prueba y sexto mejor debut de la historia con 2h05:04), no pudo estar a la altura de las expectativas en el maratón de Chicago 2014 y tuvo que retirarse por lesión en Dubai a principios de 2015, desde donde no lo hemos vuelto a ver.

 En silencio, la tranquilidad y la soledad que rodean siempre a Bekele parecen haberlo convertido en invisible mientras trabaja por superar sus problemas físicos y corre cada día por conseguir los sueños que todavía le quedan por cumplir y que, pese a todo, siguen girando por la cita olímpica de Río 2016.

 “Sé que ha pasado mucho tiempo pero todavía no he sido capaz de decidir si participaré en los diez mil metros o en el maratón en los Juegos Olímpicos de Río”, declaraba el propio corredor etíope la semana pasada en una entrevista concedida al periódico indio Mint.

 “Primero, mi plan es intentar clasificarme en ambas pruebas y luego decidir. Siento que he conseguido todo en la pista y que el maratón es todavía la asignatura pendiente, así que estoy centrado en ello y trabajando muy duro para ver si puedo reaparecer y correr un maratón.  Pero todo dependerá de cómo vaya mi tratamiento, pues la recuperación está siendo muy complicada” afirmaba Bekele en una entrevista que, dado lo poco que se prodiga, se ha estudiado prácticamente palabra por palabra.

 Recordando sus inicios como corredor, Bekele cuenta que en la escuela escuchó la historia de los triunfos olímpicos de su compatriota Abebe Bikila. Recuerda cómo Derartu Tulu (atleta nacida en su misma aldea y primera campeona olímpica subsahariana con su triunfo en los diez mil metros de Barcelona 1992) fue una parte vital de su motivación “en la época en la que uno está tratándose de encontrarse a sí mismo”. Y recuerda sobre todo a Haile Gebrselassie, su principal referente.

 Con el paso del tiempo consiguió hasta mejorar el palmarés de todos ellos, pero un gran triunfo en maratón sigue siendo la etapa pendiente para su inagotable ambición.

 Haile se ha despedido descalzo recordando a Bikila, pero sin conseguir una victoria tan bella como las maratones olímpicas de Roma 1960 y Tokio 1964 de su predecesor espiritual. El estratosférico momento que vive la disciplina y el lastre de tantos problemas físicos, dificulta muchísimo que podamos ver a Bekele consiguiendo un récord mundial de maratón como hizo Haile. Pero cerrando el triángulo y a escasos meses de Rio 2016, la cita olímpica podría ser el insuperable broche final para la carrera de Bekele, con la oportunidad de igualar el valor sentimental de las victorias de Bikila y conseguir algo que Haile nunca logró.

 Todo parece estar en su contra, pero Bekele sigue corriendo cada día. Invisible. Y eso siempre invita a soñar.

 “Corriendo en la pista nunca estuve nervioso. Pero frente al maratón a veces tengo miedo”, ha confesado el etíope al periódico indio. Bekele no necesita demostrar nada más, pero sólo el tiempo nos dará la solución a una nueva y apasionante ecuación entre mitos, miedos y el inevitable paso de los años.

 En vísperas del maratón olímpico de Estocolmo 1912, el calor y los efectos de la deshidratación se convirtieron en toda una obsesión: en la retina de los organizadores, de los corredores y de los aficionados estaba muy presente el desenlace del maratón de Londres 1908 y nadie quería que se repitiesen las duras imágenes de la llegada a meta del italiano Dorando Pietri quién, totalmente exhausto, tras derrumbarse varias veces antes de cruzar en primer lugar la línea de llegada con la ayuda de los oficiales, finalmente fue descalificado a favor del estadounidense John Hayes, que se hizo de esta manera con una polémica medalla de oro que los aficionados siempre entendieron que moralmente pertenecía a Pietri.

 Cuatro años después de aquello, en Estocolmo, la organización se volcó en intentar evitar estos incidentes. Entre otras medidas, a todos los corredores se les exigió un certificado médico, se reforzaron los puestos de hidratación y todos los participantes tomaron la salida con pañuelos en la cabeza para evitar los efectos del sol, pero aun así todos los esfuerzos fueron inútiles.

 El sudafricano de origen irlandés Kenneth McArthur se proclamó como nuevo campeón olímpico, pero en mitad de la prueba, víctima del calor, el portugués Francisco Lázaro cayó derrumbado y falleció poco después en el hospital, convirtiéndose en el primer fallecido durante una prueba en unos Juegos Olímpicos.

 Por detrás del triunfo de McArthur y de la tragedia de Lázaro, el corredor japonés Shizo Kanakuri (Tamana, 1891) desapareció durante la misma carrera, en una de las historias más recordadas de los maratones olímpicos.

 Sin decírselo a nadie, ni a los organizados ni a su propia delegación, Kanakuri abandonó la prueba y viajó por su cuenta de regreso a Japón, lo que hizo que las autoridades suecas lo diesen por desaparecido abriéndose un misterio que duró más de cincuenta años.

 En 1962, con motivo del cincuenta aniversario de los Juegos Olímpicos de Estocolmo, un periodista sueco descubrió que el corredor japonés, después de la Primera Guerra Mundial, incluso había participado en los maratones olímpicos de Amberes 1920 (donde fue decimosexto)  y de París 1924 (donde tampoco terminó la carrera), y consiguieron localizarle en su pueblo natal.

 Preguntado por su misteriosa desaparición, Kanakuri respondió con toda naturalidad que abandonó debido al sofocante calor que hizo aquel día en Estocolmo. Víctima de la vergüenza, tras caer desmayado más allá de la mitad de la carrera y tener que abandonar,  volvió a su casa sin decírselo a nadie.

 La televisión sueca le invitó en 1966 a terminar aquella carrera que había comenzado tantos años atrás, y Kanakuri regresó al estadio olímpico de Estocolmo para cruzar la meta con un tiempo final de 54 años, 8 meses, 6 días, 8 horas, 32 minutos y 20,3 segundos, en un desenlace tan sorprendente que las imágenes del  anciano japonés corriendo los últimos metros dieron la vuelta a todo el mundo.

 Prácticamente veinte años después del final de la Segunda Guerra Mundial, Japón celebró sus Juegos Olímpicos de Tokio 1964 en pleno clima de euforia, ante lo que supuso para el país nipón la mejor oportunidad posible para mostrarse a todo el mundo y terminar con las desconfianzas y recelos que todavía levantaba en la escena internacional.

 Por primera vez los Juegos Olímpicos se televisaron en color y en directo vía satélite en Europa y Norteamérica,  y los japoneses sonreían satisfechos tras dos semanas de éxitos organizativos y deportivos que incluyeron una memorable actuación de su selección nacional (tercera en el medallero, tras Estados Unidos y la Unión Soviética, con 16 medallas de oro).

 En plena fiesta, el 24 de octubre de aquel lejano 1964, el último día de competición, los habitantes de Tokio inundaron las calles de la capital japonesa para presenciar la maratón olímpica, ilusionados con la posibilidad de que sus corredores consiguieran una medalla, algo que se resistía al atletismo japonés desde Berlín 1936.

 El etíope Abebe Bikila, cuatro años después de su histórica victoria descalzo en Roma 1960,  y el británico Basil Heatley, quién cuatro meses antes había conseguido establecer un nuevo récord mundial (2h13:55), eran los máximos favoritos para el triunfo final, pero los japoneses soñaban con la gesta de Toru Terasawa, quién en febrero de 1963 (con 2h15:15.8) fue el primer hombre en mejorar la plusmarca mundial que consiguiera Bikila en Roma (2h15:16.2).

 Terasawa, derrotado casi de inicio por la presión, no tardó en perder contacto con el grupo de cabeza, pero su hueco en el corazón de los aficionados japoneses lo rellenó de forma sorprendente el joven debutante Kokichi Tsuburaya (Fukushima, 1940), quién días antes había terminado sexto en la final de los diez mil metros.

 Bikila dio otra lección magistral y con una nueva plusmarca mundial (2h12:12.2) entró muy destacado en el estadio olímpico. Por detrás, Tsuburaya soñó con la medalla de plata toda la carrera pero, víctima de la inexperiencia,  en los últimos kilómetros se fue hundiendo poco a poco hasta verse adelantado por el británico Heatley en la misma recta de meta.

 La medalla de bronce se celebró en Japón como una gran victoria, pero Tsuburaya, ajeno a todos los reconocimientos y festejos, sólo encontró desasosiego en su interior. “He cometido un error imperdonable. He fallado a todo el país y sólo encontraré el perdón si gano el oro dentro de cuatro años”, cuentan que murmuraba esa misma noche al tiempo que iniciaba el viaje a su propio final.

 La obsesión por el oro se convirtió en un salto sin red y el corredor japonés se encerró con sus entrenadores en unos durísimos entrenamientos más allá de todos los límites. Su cuerpo no aguantó tanta exigencia y, víctima de una lumbalgia, tras pasar por el hospital nunca volvió a ser el mismo.

 Una mañana de enero de 1968, meses antes de la cita olímpica en México, Tsuburaya no bajó a desayunar y sus compañeros de residencia encontraron su cuerpo en su habitación: se había cortado la carótida con una cuchilla de afeitar.

 A diferencia del final de Chejov que recreó Carver, el último día de Tsuburaya no tuvo champán ni rosas amarillas. Tan solo silencio y, junto a su cuerpo sin vida, su vieja medalla olímpica de bronce y una nota en forma de despedida: “estoy demasiado cansado para correr más”.

 Cada historia tiene su propio final.

 En algunas ocasiones, los finales son tan abiertos, tan chejovianos, que la historia sigue latiendo por sí misma, incluso sin importar el desenlace, como ocurre de momento con el silencioso y sugerente universo de Bekele, cuya historia no necesita de más finales mientras que el etíope sigue persiguiendo, en soledad, leyendas del tamaño de las de Bikila o Gebrselassie.

 En otras ocasiones, como en el maratón de 1912 que acabó 54 años después, la historia encuentra un final tan sorprendente que se convierte en algo maravilloso e inolvidable.

 Pero en todo caso, sea como sea y según parecía querernos decir Borges siguiendo el razonamiento de Séneca (morire sua morte), cada final tiene inevitablemente el estilo de la historia que lo ha precedido y, como nos recuerda el desenlace de la historia de Tsuburaya, la mayoría de las historias no pueden huir  de los finales que parecen ya escritos de antemano.

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(Territorio Beamon cierra por vacaciones durante las próximas semanas, hasta después de Reyes. ¡Feliz Navidad y feliz 2016 a todos!)

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