Disfrazarse de Bolt

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«Cuando yo empleo una palabra», replicó Humpty Dumpty con leve desdén, «significa exactamente lo que me place que signifique. Ni más ni menos». «La cuestión está en saber», respondió Alicia, «si tiene usted la potestad de hacer que las palabras signifiquen algo distinto de lo que quiere decir». «La cuestión», replicó Humpty Dumpty, «está en saber quién es el que manda. Y punto».

Alicia a través del espejo, Lewis Carroll

 Éramos jóvenes, pero todavía recuerdo aquella semana que pasamos aprendiendo el noble arte de la impostura.

 Fue en uno de aquellos talleres para escritores – como si todo se pudiese estudiar – en el que durante unos días jugamos a ser Paul Auster, Vila-Matas y hasta Beckett o Kafka en un intento de convertirnos primero en algunos de sus personajes y de  apoderarnos después de sus textos, jugando a escribir como si fuéramos ellos. Hasta que descubrimos que, más allá del juego literario, lo realmente difícil es encontrarnos con nosotros mismos olvidándonos de los otros.

 Este invierno, un vídeo de la televisión japonesa con el velocista norteamericano Justin Gatlin como protagonista (grabado en 2011 pero que hasta numerosos medios lo incluyeron en sus páginas web durante el pasado mes como si fuese actual) se hizo viral a través de las redes sociales: en YouTube, mucho más cerca de un programa de “Humor Amarillo” que de una competición oficial, se puede ver a Gatlin intentando correr cien metros lo más rápido posible, impulsado por unos enormes generadores de aire que se encargaban de formar un huracán a su espalda para llevarle en volandas en busca de alguna nueva frontera. El resultado, una simpática y curiosa imagen de Gatlin corriendo entre ventiladores con una marca final de 9.45 segundos, por debajo del récord mundial de Usain Bolt (9.58), pero que obviamente no cumplió las condiciones que permiten homologar dicho registro (cualquier medición de aire por encima de 2,0 metros por segundo a favor invalida automáticamente la marca a efecto de récord).

 Junto a su oscuro pasado, con una carta de servicios escrita en exceso al otro lado de la legalidad, es fácil imaginar a Gatlin cabreado. Taciturno. Mascullando cada noche el nombre de Bolt, como aquel villano de cómic que no encuentra la manera de derrotar al héroe al que todo el mundo adora. Tras ver el experimento japonés, como aquellos personajes que comienzas a sentir más cercanos cuando ves que pueden ser capaces incluso de reírse de sí mismos, el estadounidense resulta más simpático, pero es cierto que, tras las duras derrotas que ha ido acumulando en estos últimos veranos desde que se grabó el vídeo, en la actualidad sea más difícil imaginarle prestándose a estos juegos.

 No obstante, el disfraz y la broma rápidamente han quedado en una mera anécdota y enseguida todos los foros, siempre tan inmisericordes, han aprovechado incluso de una forma tan gratuita  para volverse en su contra una vez más y, por encima de nuevas simpatías, han proliferado los comentarios jocosos sobre él, remarcando que hasta con un huracán artificial de tal envergadura el estadounidense solo ha sido capaz de correr trece centésimas más rápido que Bolt. «Que le pongan la pista cuesta abajo» alegaba un internauta.

 En definitiva, el principal problema de Gatlin, siempre a la sombra, no es solo el hecho de ponerse la máscara del jamaicano y no resultar tan gracioso como él, igual que en aquel taller literario ninguno de aquellos escritores clandestinos conseguiríamos crear un universo tan kafkiano como los originales, por mucho que lo intentásemos. Si no que, como aprendimos esos lejanos días de folios en blanco, su mayor quebradero de cabeza es seguir sin encontrar su propia voz, sin espacio en esa carrera que, desde hace tanto tiempo, mantienen los dos por ser el hombre más rápido del mundo y donde Bolt, como demostró este verano en Pekín, le tiene siempre cogida la medida.

Vídeo de 2011 de Justin Gatlin corriendo 100 metros en 9,45 segundos en el programa de televisión japonés “Kasupe!”