Cuentos del tartán: ¿Por qué corres, Betty?

Betty Cuthbert, en el centro, tras ganar la primera final olímpica femenina de los 400 metros en Tokio 1964. A la izquierda de l imagen, la británica Ann Packer, plata. A la derecha, la también australiana Judith Amoore, bronce.
La australiana Betty Cuthbert, en el centro, tras ganar la primera final olímpica femenina de los 400 metros en Tokio 1964. A la izquierda de la imagen, la británica Ann Packer, medalla de plata. A la derecha, la también australiana Judith Amoore, bronce.

 Hace sesenta años, durante los Juegos Olímpicos celebrados en Melbourne en 1956, la australiana Betty Cuthbert pasó a la historia al ganar tres medallas de oro en los 100, 200 y el relevo 4×100 metros. Poco antes había conseguido batir el récord del mundo de 200 metros (23,2), pero aquella gran actuación olímpica en su propio país la convirtió en toda una leyenda. Tenía sólo 18 años, y desde ese momento fue conocida como “The Golden Girl”.

 Las hermanas gemelas Betty y Marie Cuthbert (Merrylands, 20 de abril de 1938) crecieron en un suburbio de Sidney durante la depresión de los duros años treinta. Su padre tenía un vivero gracias al cual la familia podía sobrevivir, y desde niña, Betty fue feliz corriendo descalza entre las plantas. Después, en el colegio público de Ermington, los entrenadores pronto se dieron cuenta de las enormes facultades que tenía aquella joven de pelo rubio, siempre con su habitual gesto con la boca abierta mientras corría, y allí encontró la inspiración y los consejos necesarios para convertirse en toda una atleta olímpica.

 Tras los tres oros de Melbourne, Cuthbert tuvo que retirarse por lesión durante los Juegos Olímpicos celebrados en Roma de 1960. Tokio 1964 parecía demasiado lejano para ella. “Demasiado mayor para seguir entrenando velocidad con 26 años”, le decía todo el mundo. Pero la rubia australiana no dejó de creer y, con la nueva incorporación en el programa olímpico femenino de los 400 metros, decidió reinventarse y se proclamó como la primera campeona olímpica en la vuelta a la pista, lo que hasta ahora la convierte en la única persona capaz de ganar un oro olímpico en todas las pruebas individuales de velocidad: 100, 200 y 400 metros. Con cuatro oros olímpicos conseguidos entre 1956 y 1964 y un apartado especial en los libros de la historia del deporte, Tokio fue el mejor momento para la retirada.

 Durante los años ochenta, en Marruecos, el niño llamado Hicham El Guerrouj soñaba con ser portero de fútbol, como su querido Zaki Badou.

 Nacido en Berkane, al noroeste de Marruecos, donde se crio dentro de una familia humilde de cuatro hermanos, su infancia giró alrededor de la idea de detener todos los balones, pero las ganas de su madre porque practicase atletismo en lugar de fútbol y la falta de confianza de su entrenador, que lo consideraba demasiado bajo para ser portero, hicieron que comenzase a correr. Las imágenes de Said Aouita, su ídolo de siempre, ganando en Los Ángeles 1984 hicieron el resto, y pronto Hicham comenzó a correr, ilusionado con poder imitar algún día a su héroe.

 En 1992, El Guerrouj debutó internacionalmente con un bronce en el mundial junior de Seúl, con Haile Gebrselassie e Ismael Kirui por delante de él en la final de los 5.000 metros. Y desde 1995, ya en los 1.500 metros, comenzó su leyenda ganando el oro en el campeonato del mundo de pista cubierta de Barcelona y la plata en el Campeonato del mundo de Goteborg, sólo superado en aquella ocasión por Morceli.

 Enseguida llegaron cuatro títulos de campeón del mundo de 1.500 metros (1997, 1999, 2001 y 2003), tres títulos mundiales de pista cubierta (1995 y 1997 en 1.500 metros y 2001 en 3.000 metros), un subcampeonato mundial de 5.000 metros en París 2003 y dos récords del mundo tan mayúsculos que todavía hoy siguen vigentes: 3:26.00 en 1.500 metros (Roma, 14.07.1998) y 3:43.13 en la milla (Roma, 07.07.1999).

 Pero por encima de todo, el fantasma de una supuesta maldición olímpica que le mantenía sin el oro más deseado, parecía oscurecerlo todo: en Atlanta 1996 acabó por los suelos tras tropezar cuando parecía que tenía todo a su favor; en Sidney 2000, el keniano Noah Ngeny dio una de las grandes sorpresas al derrotarle en la recta final.

 “Alá es grande, pero extraño: me ha dado todo menos aquello que más deseo”, declaró el propio El Guerrouj antes de competir en los Juegos Olímpicos de Atenas, lamentándose por el triunfo que tanto se le resistía y que ya se había convertido en una obsesión.

 Ifrane, en la zona media de la cordillera del Atlas de Marruecos, a poco más de 1.500 metros de altitud, es hoy uno de los lugares con más mítica del atletismo mundial. Allí, El Guerrouj estableció su lugar de retiro, al que acudía cada dos o tres meses en busca de los beneficios del entrenamiento en altura. Pero más allá de las ventajas deportivas, la leyenda ha querido que se recuerde como el lugar espiritual donde el propio Hicham se encontraba a sí mismo: en su austera habitación, una foto con sus lágrimas sobre el tartán de Atlanta le recordaba cada día su sueño olímpico, sobre todo en los momentos más difíciles, aquellos en los que, a pesar de todo, se decía a sí mismo que era una gran atleta, pero que nunca había sido campeón olímpico.

 Hasta que Atenas 2004, que mejor lugar para buscar justica poética, le dio toda la gloria olímpica que el destino le tenía guardado con dos medallas de oro en los 1.500 y en los 5.000 metros, algo que sólo Paavo Nurmi había conseguido en 1912, y que, definitivamente, le consagraron como uno de los mejores atletas de todos los tiempos.

 La imagen de El Guerrouj señalando a la cámara el número dos con sus dedos, es parte ya de la historia olímpica, y, tras el triunfo, el propio atleta supo que había llegado el momento de cerrar su camino como corredor.

 “Correr es algo que está en mí, siempre lo llevaré en la sangre”, declaró el marroquí después de su retirada en una entrevista para el periódico 20 minutos.

 A comienzo de los años ochenta, el país australiano había quedado conmocionado con la noticia de que Betty Cuthbert, su chica de oro, padecía esclerosis múltiple, la enfermedad que desde entonces la tiene en una silla de ruedas y frente a la cual ha sabido convertirse en todo un símbolo para la recaudación de fondos y la concienciación social.

 La imagen de Cuthbert en su silla de ruedas, empujada por Raelen Boyle, como una de las últimas relevistas de la antorcha olímpica en la ceremonia inaugural de Sidney 2000, fue uno de los momentos más emotivos de aquellos Juegos Olímpicos celebrados en su propia casa.

 “¿Por qué corres?”, le preguntaron a Betty Cuthbert en una entrevista poco después de los Juegos Olímpicos de Tokio. “Nunca corrí por algo concreto, siempre tuve esa habilidad – contestó la cuatro veces campeona olímpica -. Siempre me sentí libre corriendo”.

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