La vida, más allá de los Juegos Olímpicos

Roberto Aláiz en su viaje al Himalaya (@RoberAlaiz)
Roberto Aláiz en su viaje al Himalaya (@RoberAlaiz)

“Se acuesta la misma historia,

soñando con ser soñada.

Estiramos la prórroga de este partido,

temiendo que el sol rasgue sus legañas”.

Profetas de la mañana, Vetusta Morla 

Los días de Roberto Aláiz, con su zancada prendida de un corazón lleno de música, siempre tienen su propia banda sonora. Pero en su último viaje, tan introspectivo, tan punto y seguido, ni siquiera han sonado demasiados acordes.

Sin cargadores ni baterías, por las noches, mientras escribía en mi pequeño diario de viaje, era el único momento en que ponía algo de música. Sobre todo, Ludovico Einaudi y el último disco en acústico de Sidecars, que era lo poco que llevaba descargado. Luego he regresado mucho a Vetusta Morla, pero eso ya ha sido aquí, a la vuelta, durante los días posteriores a la operación”.

A mediados del pasado mes de junio, en uno de los momentos más duros de su carrera, Aláiz tuvo que decir que se acabó. Que ya estaba bien de dolor, de sufrimiento, de intentar todo y a costa de todo por estirar hasta el final el sueño de estar en los Juegos Olímpicos de Río. Y como válvula de escape, como esos días en los que uno tiene que alejarse de todo para olvidar y buscarse de nuevo a sí mismo, de la forma más improvisada posible, el atleta leonés emprendió un viaje, casi iniciático, al Himalaya, en busca de desconectar de todo y aprovechar lo mejor posible los días previos a pasar por quirófano, única solución posible para zanjar de una vez por todas los problemas físicos que le impidieron rendir a tope en el pasado Campeonato del Mundo de Pekín y que, en el momento más inoportuno, le han apartado de su sueño olímpico.

Ha sido un año de mierda – nos confiesa el joven fondista, que acaba de cumplir 26 años -. En todo 2016 sólo he podido correr el cross de Itálica y el cross de Ulía, no he competido más. Viajamos a México a entrenar en altura, con unos entrenamientos fantásticos por arriba, y a pesar de que allí ya me dolía el pie, pensé que sería un pico de dolor, como en Pekín, y que en España lo recuperaría bien con el fisio. Pero la verdad es que aquí fue mucho peor y no sólo no pude entrenar y hacer series como en México, sino que no podía ni rodar”.

Me encontraba muy bien por arriba, pero tuve que prescindir primero de la pista cubierta y luego del cross, que era lo que estaba preparando, pero ni sacrificar el invierno pensando en el verano funcionó”, continúa el propio Aláiz, relatando el duro camino de los últimos meses.

Ha sido un poco frustrante, porque son unos meses de intentarlo todo por todos los medios, de entrenar muchísimo, de rehabilitación continua, fisioterapeutas, viajes a Madrid una vez por semana en busca de cualquier alternativa… Hasta que la última semana ya lo veía todo negro. A la desesperada habíamos probado con unas plantillas, pero me cambiaron la biomecánica y finalmente, con una resonancia, vimos que me había hecho un pequeño edema óseo en el calcáneo”.

Llega un momento en el que tienes que decir basta, en el que piensas que no puedes seguir más con esa huida hacia delante y en el que te das cuenta que, en lugar de arreglar cosas, vas destrozando otras zonas”.

Y además, no había más opciones, no había más alternativas. Me hablaban de ir a Sierra Nevada a hacer un tratamiento de ozono durante un mes. Pero ya estaba a 10 de junio, sin posibilidad de entrenar después para dos citas del nivel del Campeonato de España y de los Juegos Olímpicos, sin plaza asegurada y teniendo que ir a tope. No podía seguir volviéndome loco. No había más tiempo “, termina de relatarnos Alaiz, que tuvo que dejarlo todo a dos meses de la cita olímpica y que, como única posible solución a medio y largo plazo, decidió pasar por el quirófano del doctor David López Capapé para una operación de la enfermedad de Haglund (tendinopatía de inserción) que provoca una protuberancia en la parte posterior del calcáneo y que, en el caso de Roberto, se ha juntado finalmente con una rotura del tendón de Aquiles, tan castigado durante todos estos meses.

Cuando estás pensando tantos años en un mismo objetivo y ves que te quedas a las puertas, es muy duro – continúa Aláiz -. Necesitaba desconectar, y comencé a pensar en hacer un viaje a algún lugar extremo y sin civilización”.

Pensé en Alaska o en Nepal, con la idea de aterrizar en Katmandú y hacer un trekking por la zona del Everest y el Annapurna. Pero al final, Jesús Calleja me hizo descartar Nepal por ser épocas de lluvias, y gracias a él y un contacto que me pasó, decidí viajar a Leh (antigua capital del reino de Ladakh en los himalayas y actual capital de la provincia-estado de Jammu y Cachemira, en India) y hacer un trekking alrededor del río Zanskar, que precisamente da nombre a la productora de Jesús (Calleja), en esta zona del Himalaya sin ochomiles, pero repleta de montañas de seis mil metros y alguna de siete mil. Lo comenté a través de las redes sociales y rápidamente me llamó mi amigo Roberto Cejuela, entrenador de triatlón, profesor e investigador a quién conocí en Sierra Nevada, y se vino conmigo al viaje, aprovechando que, sin ninguno de sus atletas con plaza para Río, tenía unas semanas libres”.

La zona del río Zanskar es considerado por muchas guías de viaje como uno de los lugares más insólitos del Himalaya, casi como el reino tibetano escondido, y allí, entre budismo y los duros habitantes de la zona, campesinos y gentes de la montaña, la experiencia ha permitido al atleta recobrar las energías y la perspectiva perdida por el camino.

Buscaba desconectar por completo, y el trekking es fantástico para olvidar todo. Sin móviles, sin gente, sin civilización, durmiendo al raso a cuatro mil o cinco mil metros… Íbamos con un grupo de muy buena gente donde todo el mundo hablaba inglés, y la verdad es que ha sido toda una experiencia. A corto plazo no repetiría, porque la montaña es muy dura y el viaje ha sido exigente, con la altura, sin dormir bien, con frío… pero ha sido una experiencia que me ha encantado vivir, con regreso incluido por Nueva Delhi, donde pudimos visitar el Taj Mahal y alucinar con uno de los sitios más extremos y duros que he conocido, con mucha pobreza y todos los esquemas rotos”.

La desconexión me ha servido de mucho. Al final estás 24 horas pensando en el atletismo y ahora sí que estoy teniendo la oportunidad de hacer otras cosas. Está siendo un punto y seguido que me está viniendo muy bien, aunque obviamente no cambiaba absolutamente nada por estar en Río. El tema es que no voy a estar ahora resignándome y mirando resultados y cosas… Sigo a todos mis amigos, sobre todo a Sebas (Martos), con quien llevo compartiendo entrenamientos y todos los campeonatos desde hace cuatro años, y estoy hablando con Toni (Abadía), Kevin (López) y el resto de amigos de la selección, pero de tema de marcas, Diamond League y demás estoy desconectado. Toca desconectar a tope y cuando empiece a entrenar ya me pondré al día de todo”.

No obstante, el regreso del Himalaya, a tiempo para la calcaneoplastia prevista con el doctor Capapé, deparó un nuevo imprevisto que sirve para recordar el duro camino de quienes luchan por todo por el sueño olímpico.

El mismo día que regresé a Madrid, se me rompió el tendón de Aquiles. El viaje no le debió de venir nada bien, incluyendo la paliza de un regreso de 30 horas, pero la rotura ha sido un cúmulo de todo”, afirma el fondista leonés.

Durante toda la temporada, con los fisios hemos intentado hacer cosas mucho más arriesgadas que lo que hubiésemos hecho en una temporada normal, ya que tratándose de los Juegos había que arriesgar todo lo posible. Además, me infiltré corticoides en las vainas de alrededor, hicimos EPI (la técnica de fisioterapia invasiva denominada Electrolisis Percutánea Intratisular) muy fuerte… Y todo eso debilita muchísimo al tendón. Encima, al parar de entrenar todo se debilitó mucho, y con el trekking y el viaje terminó cascando. Yo quería llegar a los Juegos, no llegué y a costa de todo se rompió. Mala suerte por una parte, porque tendré un mes más de recuperación y hasta octubre no podré correr, pero por otro lado creo que ha sido buena suerte, porque se podía haber roto dentro de seis meses, cuando hubiese empezado a correr, y así hay más seguridad de que empezaremos desde cero a tope”.

Animado y contento por los resultados satisfactorios de la operación, charlamos con Aláiz a su regreso desde Madrid a León, una vez que le ha retirado la férula y antes de comenzar a apoyar el pie, ayudado por una bota en estos primeros días.

Nos confiesa que durante el viaje, aislado de todo, ni siquiera vio el Campeonato de Europa de Amsterdam y que, tras celebrar con su amigo Martos su victoria en el Campeonato de España de Gijón, ahora está dispuesto a ver todos los Juegos Olímpicos por televisión, echando de menos no estar allí pero animando a tope a sus amigos.

Su voz se vuelve mucho más enérgica cuando hablamos del futuro.

Es buen momento para analizar, y vamos a cambiar algunas cosas de los entrenamientos. La línea va a ser la misma y vamos a seguir con la altura, pero a partir de ahora vamos a tener un control mucho más exhaustivo de la carga, sobre todo enfocado a evitar esas lesiones. Y vamos a analizar mucho más cuándo competir y cuándo no, aprendiendo a renunciar a objetivos intermedios e intentando buscar la pausa de cuándo toca parar, sin ir siempre a tope, aunque te encuentres bien. Vivimos con el cuerpo al límite, pero si no logras cuantificar dónde está el límite, te puedes hacer daño. Es la búsqueda del equilibrio de siempre, y en eso nos va a comenzar a ayudar también Roberto Cejuela. Tenemos a nuestra disposición el CEARD, los servicios médicos y psicológicos, y un montón de recursos, por lo que vamos a trabajar muy duro para que las cosas vayan todavía mejor que antes. El camino es seguir trabajando como verdaderos profesionales y siendo mucho más exhaustivos a la hora de cuantificar todo”.

Como tantos otros deportistas que lo han dado todo por estar en Río y que se han quedado a las puertas, siempre tan competitivos, Roberto Aláiz mira al futuro y a la vida con muchas más ganas todavía. No en vano, los momentos más duros son de los que más se aprende. Y como nos demuestran todos ellos en tantas ocasiones, esto no es más que caer y levantarse, siempre con más ilusión.