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Meta del Trofeo José Cano en Canillejas (Madrid), antes de comenzar la edición de 2016.

A medida que las grandes ciudades crecen más allá de sus propias afueras, de sus viejos límites, los barrios se muestran cada vez más esenciales como el vínculo de unión entre la propia ciudad y sus habitantes, y entre estos y sus vecinos.

El nacimiento de las carreras populares en Madrid nos remite siempre a la conocida historia del origen de la San Silvestre Vallecana cuando, a mediados de los años sesenta, alrededor de unas cañas en la cafetería Bella Luz del Puente de Vallecas, los miembros de la Delegación  de Deportes del popular barrio madrileño charlaban después de una reunión.

Tal y como cuenta el propio Antonio Sabugueiro en su libro “Historia de la San Silvestre Vallecana”, en aquellos años en los que el campo a través concentraba la mayor parte de la vida atlética desde el otoño hasta finales del invierno, con la Casa de Campo como el centro neurálgico del cross madrileño, “durante el transcurso de la charla, (el fundador) manifestó que ya estaba harto de tanta carrera de campo y que era hora de llevarla al cogollo de la ciudad y, así, de esta manera, nacieron las carreras populares, que hoy en día pueblan las carreteras y calles de todos los rincones de la geografía nacional”.

Años más tarde, en mitad de la transición española, con el Maratón Popular de Madrid dando ya sus primeros pasos, José Cano decidió poner en marcha una carrera popular en su propio barrio, Canillejas, con una motivación muy parecida: “demostrar que la calle era nuestra”.

Desde aquella primera edición que se celebró en noviembre de 1980, la carrera de 10 kilómetros consiguió convertirse año tras año en un referente internacional, hasta el punto que en su circuito han corrido campeones mundiales como Paul Kipkoech o William Sigei, medallistas olímpicos como Paul Bitok, Mike McLeod o José Manuel Abascal; y plusmarquistas europeos y mudiales como Fernando Mamede o Steve Jones, respectivamente.

Hoy en día, 37 años después, la carrera sigue siendo una de las pruebas con más solera del calendario nacional y ha sido capaz de ir creciendo y cambiando junto al barrio y los tiempos, sin dejar de mostrar  sus rasgos más característicos, como la propia red de voluntariado encargada de la organización; las carreras de categorías inferiores, por las que han pasado muchos de los mejores atletas españoles de siempre;  las medallas, trofeos y carteles, encargados cada año a un artista en busca de la unión entre deporte y cultura; y su innegable vocación atlética, como los homenajes que han recibido durante la edición de este año el entrenador Rafael Pajarón, tras más de 50 años de oficio, y el marchador Jesús Ángel García Bragado, de regreso al barrio de sus orígenes tras lograr la gesta de participar en siete Juegos Olímpicos.

Precisamente, en busca de la importancia de esas identidades, durante la preparación de un reportaje sobre el cross de Elgoibar he tenido la suerte de hablar estos días con Zigor Díez, quien, al frente del Club de Atletismo Mitxeta, se encarga de organizar cada año el carismático cross que se celebra desde 1943.

Tras años duros, el organizador sigue presumiendo de su principal valor: el propio pueblo y sus vecinos, que siguen viviendo el cross como una auténtica fiesta dentro de la localidad, con 4.000 espectadores cada año en un pueblo de 10.00 habitantes.

Durante estos últimos años, a pesar de la crisis, lo cierto es que más o menos nos hemos mantenido, e incluso parece que hemos crecido, porque lo que en realidad ha ocurrido es que otros han bajado. Y aquí el único secreto es nuestro mayor valor: nuestro pueblo y lo identificados que se sienten todos los vecinos con la carrera, que año tras año sigue siendo el evento deportivo más importante de la localidad”, nos contaba Zigor Díez, al tiempo que relataba cómo disfruta los días previos a la carrera entre colegio y colegio, siempre al lado de los más pequeños en lo que constituye su mejor altavoz para intentar enganchar a los chavales y uno de los momentos más ilusionantes de cada edición.

El pasado domingo, el día amaneció en Madrid bajo una inagotable lluvia y, pese al color gris de la mañana, el corazón del barrio de Canillejas, al este de la capital, acogió como cada año las tradicionales carreras de los más pequeños antes de que los más mayores tomasen la salida y el día terminase con el homenaje a “Chuso” García Bragado.

Alrededor de las vallas, los padres iban y venían, los niños buscaban y aplaudían a sus amigos y, mientras, la música ya anunciaba a través de la megafonía la fiesta que se produciría unas horas después con la llegada de los tres mil atletas populares inscritos este año.

Bajo la lluvia, cubierta con un paraguas, una señora mayor no dejaba de aplaudir mientras los más pequeños esprintaban para cruzar esa meta que, seguramente, les hacía sentirse mucho más grandes mientras comienzan a descubrirse a sí mismos, al deporte y a sus propias calles.

Mucho han cambiado las cosas desde aquellos años ochenta y, desde luego, ahora cada fin de semana nos alegramos con la certeza de que la calle nos pertenece a los corredores.

Mucho trabajo queda todavía para conseguir que la gran ciudad, más allá del asfalto y las prisas, pertenezca a sus habitantes.

Pero mientras, nunca está de más recordar que, cuando el viento sopla con menos fuerza o cambia de dirección, la ilusión y el alma suelen ser las únicas herramientas para seguir navegando.